Hace algunos días eramos unos niños, no ha pasado mucho tiempo de aquel hermoso momento en que disfrutábamos días mas largos, teníamos amigos fieles cuya única ambición era el no entrar a casa y seguir jugando juntos, la seguridad era un tema totalmente desconocido, nuestra actividad e imaginación llenaba de gozo nuestro corazón y esas alegrías eran reales no temporales.
Hace algunos días eramos jóvenes y comenzábamos temerosamente a buscar destinos y rutas, la felicidad era soñar con facilidad como alcanzar nuestras metas, pasábamos muy bien incluso cuando la temporada traía consigo la llegada para bien o para mal de amores graciosos, encantamientos de princesas y caballeros sin castillo.
En nuestro presente, estos recuerdos de la infancia, del crecimiento y el aprendizaje ha sido dolorosos de alguna forma u otra, son terribles experiencias que hemos pasado, con la diferencia de que algunos lograron ocultarlo con pequeños disfraces de alegría y base sostenible, al tiempo y punto de que hemos llegado a vivir ciertas cosas sin lograr sonreír o estar satisfechos, sin contar los trofeos en la pared, sin contar los aplausos que alguna vez escuchamos o palabras de aduladores.
No tenemos prisa por llegar y sentir el aroma de la tierra prometida, no tenemos prisa, estamos algunos descansando, otros corren sin detenerse y algunos hacen un respiro en ciertos intervalos de la vida, vemos a unos en pausa y otros rendidos, observando eso no es motivo de cambiar nuestro ritmo, ni de criticarlos, Dios nos regala alegría y paz no importa el lugar que llevemos en la carrera, no tenemos prisa pero debemos llegar.
El tiempo es enemigo pero la presión no debe hacernos mediocres ni provocarnos realizar malas y alejadas acciones solo por intentar lograr llegar a tiempo, no importando consecuencias, no tenemos prisa pero debemos llegar.

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